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Obras completas, Vol. VII

Alejo Carpentier
escuchar con los ojos
$570
Tuve un amigo, poeta anarquizante, surrealista, enemigo de cuanto se ligara al concepto de "patria", que murió en un campo de concentración nazi, después de haberse señalado como héroe de la resistencia francesa. Conocí, combatiendo en las filas de las Brigadas Internacionales, al hijo de un banquero neoyorquino. Conocí a un trompetista cubano, estrella de cabarets durante años, que se alistó en el Ejército Republicano y, después de la derrota, tras de las alambradas del campo de Argelés-sur-mer, tuvo el ánimo de componer congas que se hicieron famosas. Vi, en las Brigadas, a muchos jóvenes nacidos en medios conservadores y antimarxistas. Y vi a muchos hombres, procedentes de la grande y pequeña burguesía de mi país, abrazando incondicionalmente la causa de la Revolución cubana. Y ante mis ojos tuve el caso de mi madre, educada en un liceo imperial de Bakú, amiga de Anna Pávlova -como la Vera de mi novela- que, anticomunista y "blanca" hasta mi encarcelamiento (1927), cambió de actitud hasta el punto de traducir, en los años treinta, algunas novelas soviéticas … Sorprendida por la guerra, cuando se hallaba casualmente en París, fue presa por la Gestapo "porque su hijo, desde hacía mucho tiempo, venía publicando artículos contra Hitler en la prensa cubana" (tomo I de mis "Crónicas"). Librándose de sus carceleros con pasmosa habilidad, huyó de la capital, se sumó a la resistencia francesa en La Correze, y terminó su existencia en La Habana, rodeada de jóvenes comunistas a quienes daba clases de ruso, totalmente identificada con el proceso revolucionario cubano. Un día, enterado de que una culta e inteligente rusa vivía desde hacía muchos años en Baracoa (la población más remota, aislada y desatendida del país, hasta que una carretera, construida después de 1959 la situara cabalmente dentro de nuestra geografía) y, una mañana, alcanzada por la historia en su lejano retiro, había sido despertada por los gritos de "iViva la Revolución!", pensé en escribir esta novela, que primero hubo de titularse: La rusa de Baracoa. Hombres y mujeres de destinos modificados, transformados, revertidos o superados, con su anuencia o sin ella, por la Historia de nuestro siglo: tales son los personajes de la presente novela, cuyo parecido con modelos reales era totalmente inevitable.

El moderno sistema mundial. Vol. 1

Immanuel Wallerstein
historia
$480
La apariclón en inglés del primer volumen de El moderno sistema mundial supuso en 1974 el comienzo de una verdadera revolución en la historiografía y un fuerte impulso al renacimiento de la sociología histórica. Más allá de las discrepancias y las polémicas a las que ha dado y está dando origen, esta obra es ya un clásico. Su argumento central es que el moderno sistema mundial toma la forma de una economía-mundo capitalista, que tuvo su génesis en Europa en el largo siglo XVI e implicó la transformación de un modo de producción tributario o redistributivo específico, el de la Europa feudal, en un sistema social cualitativamente diferente. Desde entonces la economía-mundo capitalista se ha extendido geográficamente hasta abarcar todo el globo; ha seguido un modelo cíclico de expansión y contracción y una localización geográfica variable de los papeles económicos (el flujo y el reflujo de las hegemonías, los movimientos ascendentes y descendentes de los distintos centros, periferias y semiperiferias), y ha sufrido un proceso de transformación secular, incluyendo el avance tecnológico, la industrialización, la proletarización y el surgimiento de una resistencia política estructurada al propio sistema, transformación que está aún en marcha. Desde tal perspectiva, el siglo XVII, entendido como el periodo que va desde 1600 a 1750, aproximadamente, es ante todo un ejemplo del modelo cíclico de expansión y contracción. En lo que respecta a la geografía general del sistema mundial, las fronteras creadas hacia 1500 no no variaron de forma significativa hasta después de 1750. En cuanto a los procesos seculares de cambio, no se observa ningún salto cualitativo en el período 1600-1750: hubo una continuidad esencial entre el largo siglo XVI y el XVII, con la única gran diferencia de una expansión y una contracción, de un desarrollo y un menor desarrollo. Immanuel Wallerstein es director del Centro Fernand Braudel para el Estudio de Economías, Sistemas Históricos y Civilizaciones, en la Universidad del Estado de Nueva York en Binghamton (SUNY), y director de la revista trimestral Review.